Cuando aparece el impulso de apostar, ya es tarde para improvisar – Asistencia inmediata, herramientas prácticas y acompañamiento continuo para personas con problemas de apuestas y sus familias

La sociedad tolera mucho mejor el juego que al jugador enfermo

La sociedad tolera mucho mejor el juego que al jugador enfermo.

Hay contradicciones que, por repetidas, terminan pareciéndonos normales. Dejamos de verlas. Forman parte del paisaje, como un edificio que estuvo siempre allí y al que ya nadie presta atención. La relación que mantenemos con el juego es una de ellas.

Vivimos rodeados de apuestas. Aparecen en los estadios, en las camisetas de los equipos, en las transmisiones deportivas, en los teléfonos móviles y en las redes sociales. Nos prometen emoción, entretenimiento, adrenalina. Se presentan como una actividad moderna, inofensiva y perfectamente integrada en la vida cotidiana. Apostar ha dejado de ser una práctica marginal para convertirse en un producto de consumo más.

Sin embargo, cuando ese mismo producto produce exactamente el resultado que puede producir cualquier conducta adictiva, la escena cambia de manera abrupta.

El juego sigue siendo aceptado.

Quien enfermó, ya no.

Y esa diferencia merece una reflexión mucho más profunda de la que solemos hacer.

Una industria visible y una enfermedad invisible

Resulta difícil encontrar una actividad económica tan presente en la vida cotidiana y, al mismo tiempo, tan ausente cuando se habla de sus consecuencias.

Las campañas publicitarias muestran personas felices. Celebran el acierto, la emoción del último minuto, la posibilidad de cambiar la suerte. Todo parece limpio, luminoso, casi festivo. El mensaje nunca habla del jugador que lleva tres noches sin dormir intentando recuperar lo perdido. Tampoco de la pareja que acaba de descubrir una deuda imposible de pagar ni del hijo que empieza a comprender por qué desapareció el dinero destinado a sus estudios.

La publicidad no miente.

Simplemente elige qué parte de la realidad mostrar.

Eso hacen todas las industrias.

La diferencia aparece cuando la sociedad acepta esa selección como si fuera la realidad completa.

Cuando el problema deja de ser el juego

Existe un momento casi imperceptible en el que el discurso cambia.

Mientras alguien apuesta de manera recreativa, forma parte del paisaje. Es un consumidor. Un cliente. Un aficionado más.

Pero cuando pierde el control deja de ser visto como alguien que desarrolló una adicción. Se convierte en otra cosa.

Ahora es irresponsable.

Débil.

Mentiroso.

Manipulador.

Poco confiable.

La pregunta ya no es qué ocurrió para que una conducta terminara convirtiéndose en una enfermedad.

La pregunta pasa a ser por qué esa persona no fue capaz de detenerse.

Es un cambio sutil, pero decisivo.

La responsabilidad deja de analizarse como un fenómeno complejo para convertirse en un juicio moral.

Nos resulta más cómodo juzgar que comprender

Comprender una adicción exige aceptar algo incómodo: cualquiera puede perder el control de una conducta que, hasta ese momento, parecía absolutamente normal.

Eso genera incertidumbre.

Si el problema pudiera resumirse en una falta de carácter, el mundo volvería a ser un lugar ordenado. Bastaría con tener suficiente fuerza de voluntad para mantenerse a salvo.

Pero las adicciones no funcionan así.

Nunca funcionaron así.

Reducir la ludopatía a una cuestión de voluntad es una explicación tranquilizadora, no una explicación verdadera.

Nos permite colocar una frontera clara entre “ellos” y “nosotros”. Entre quienes se destruyen y quienes, supuestamente, nunca cometeríamos ese error.

Toda sociedad necesita construir esas fronteras. Nos hacen sentir seguros.

El problema es que suelen construirse sobre simplificaciones.

El jugador deja de ser una persona

Hay un momento en que el jugador compulsivo deja de tener nombre.

Empieza a ser “el ludópata”.

Como si toda su identidad pudiera resumirse en una sola palabra.

Nadie habla del padre que además tiene una adicción.

Del empresario que enfermó.

De la docente.

Del médico.

Del estudiante.

Desaparece la persona.

Queda únicamente el problema.

Es un mecanismo conocido. Etiquetar simplifica. Permite pensar menos. Una etiqueta evita hacerse preguntas incómodas sobre la historia, el contexto, las pérdidas, las vulnerabilidades o los factores que confluyeron para llegar hasta allí.

Pero también deshumaniza.

Y cuando alguien deja de ser visto como una persona, resulta mucho más sencillo apartarlo de la conversación.

La confianza rota cambia la mirada

Sería ingenuo ignorar otro aspecto.

La ludopatía provoca un daño que otras enfermedades rara vez producen con la misma intensidad: erosiona la confianza.

Las mentiras existen.

Las manipulaciones también.

Las promesas incumplidas dejan cicatrices reales.

Quien ha convivido durante años con un jugador compulsivo sabe que esas heridas no son imaginarias.

Sería injusto pedirle a una familia que olvide todo eso en nombre de una comprensión abstracta.

Pero reconocer ese sufrimiento no debería impedirnos comprender otra realidad.

Las mentiras no son la enfermedad.

Son una de sus consecuencias.

Confundir ambas cosas nos lleva a condenar únicamente el comportamiento visible mientras ignoramos el proceso que lo hizo posible.

Una comodidad peligrosa

Tal vez la mayor paradoja sea otra.

La sociedad parece sentirse mucho más cómoda financiando el entretenimiento que financiando la recuperación.

Se invierten millones en publicidad.

Muchísimo menos en prevención.

Se multiplican las estrategias para captar nuevos jugadores.

Son escasos los recursos destinados a acompañar a quienes ya perdieron el control.

No se trata de prohibir el juego.

Las sociedades maduras saben que las prohibiciones rara vez resuelven los problemas complejos.

Se trata de asumir una responsabilidad proporcional.

Si aceptamos con naturalidad los beneficios económicos que genera una actividad, también deberíamos aceptar la obligación de mirar de frente sus consecuencias.

No únicamente las que resultan rentables de mostrar.

También las que incomodan.

El silencio también toma partido

Quizá la prueba más evidente de este fenómeno sea el silencio.

Pocas familias hablan públicamente de la ludopatía.

Muchos jugadores esconden su problema durante años.

No faltan profesionales que prefieren presentarse como especialistas en otras áreas antes que asociar su nombre exclusivamente a esta adicción.

Incluso numerosas empresas evitan apoyar iniciativas relacionadas con la recuperación.

No porque nieguen la existencia del problema.

Porque temen quedar asociadas a él.

Y eso dice mucho más de nosotros que de la propia enfermedad.

Las sociedades revelan sus prioridades no solo por aquello que defienden, sino también por aquello que prefieren callar.

La verdadera contradicción

Tal vez hemos formulado mal la discusión durante demasiado tiempo.

No deberíamos preguntarnos únicamente por qué algunas personas desarrollan una adicción al juego.

También deberíamos preguntarnos por qué aceptamos con tanta naturalidad la presencia del juego en nuestra vida cotidiana mientras reaccionamos con tanta incomodidad cuando aparece quien enfermó.

No es una contradicción menor.

Es el reflejo de una cultura que celebra el consumo mientras ese consumo permanezca bajo control, pero que mira hacia otro lado cuando descubre que el mismo mecanismo puede destruir vidas.

Nos tranquiliza pensar que el problema empieza en el jugador.

Quizá porque aceptar que empieza mucho antes nos obligaría a revisar demasiadas certezas.

Y las sociedades, igual que las personas, rara vez disfrutan cuestionando aquello que les resulta conveniente creer.

Por eso seguimos tolerando mucho mejor el juego que al jugador enfermo.

No porque ignoremos las consecuencias.

Sino porque reconocer plenamente esa contradicción tendría un costo demasiado alto.

Nos obligaría a dejar de preguntarnos únicamente qué hizo el jugador para llegar hasta allí.

Y empezar, por fin, a preguntarnos qué hicimos todos para que mirar hacia otro lado nos pareciera una respuesta suficiente.

Lo más visto

Menú

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *