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¿Tu hijo apuesta y tú no lo sabes? Las nuevas formas de juego que muchos padres aún no reconocen

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Durante mucho tiempo los padres sabían más o menos dónde podían aparecer los primeros contactos de un adolescente con el juego.

Una sala de tragamonedas, una quiniela, una apuesta deportiva entre amigos o, en algunos casos, una visita ocasional a un casino. Eran escenarios relativamente fáciles de identificar porque el juego tenía un lugar físico y unas reglas bastante claras.

Hoy esa realidad ha cambiado de forma radical.

Muchos adolescentes pueden pasar horas frente a una pantalla sin que sus padres tengan la menor sospecha de que, además de jugar un videojuego, están entrando en contacto con mecanismos muy similares a los que utilizan los casinos tradicionales. En algunos casos no existe una apuesta directa por dinero. En otros sí. Pero incluso cuando el dinero todavía no aparece, la lógica psicológica que sostiene esas actividades puede ser sorprendentemente parecida.

Comprender esa diferencia resulta fundamental, porque la ludopatía del futuro probablemente no comenzará donde empezó la de generaciones anteriores.

El juego de azar ya no siempre parece juego de azar

Uno de los mayores cambios introducidos por la tecnología consiste en que muchas experiencias relacionadas con las apuestas ya no se presentan como tales.

Un adolescente puede abrir un videojuego con la intención de divertirse y encontrarse con sistemas que lo invitan a comprar cajas sorpresa, participar en sorteos virtuales, obtener objetos exclusivos o mejorar su rendimiento mediante recompensas cuya obtención depende, en mayor o menor medida, del azar.

Estas mecánicas suelen estar integradas de forma tan natural en la experiencia que dejan de percibirse como una forma de apuesta.

Sin embargo, desde el punto de vista psicológico comparten varios elementos esenciales: incertidumbre, expectativa, recompensa variable y deseo permanente de intentar una vez más.

Son precisamente esos componentes los que hacen que determinadas conductas resulten especialmente difíciles de abandonar.

Las cajas de botín: cuando la sorpresa tiene precio

Las llamadas loot boxes o cajas de botín son uno de los ejemplos más conocidos.

El usuario paga por abrir una caja cuyo contenido desconoce de antemano. Puede obtener un objeto muy común, uno poco frecuente o un premio extremadamente raro.

La emoción no proviene únicamente del premio.

Proviene de la incertidumbre.

Ese mecanismo no es nuevo. Durante décadas fue utilizado por tragamonedas, ruletas y otros juegos de azar. La diferencia es que ahora aparece integrado dentro de un videojuego que muchos padres consideran simplemente una forma de entretenimiento.

No todos los videojuegos incluyen estas funciones y no todas las cajas de botín constituyen legalmente una apuesta. Sin embargo, numerosos especialistas coinciden en que acostumbran al cerebro a una dinámica basada en recompensas impredecibles que puede facilitar la aparición de conductas compulsivas en personas vulnerables.

Cuando los objetos virtuales empiezan a valer dinero

Otro fenómeno poco conocido es el mercado de los llamados skins o elementos estéticos virtuales.

En algunos videojuegos estos objetos pueden intercambiarse, venderse o utilizarse en plataformas externas donde terminan adquiriendo un valor económico real.

A partir de allí comenzaron a surgir sitios donde esos objetos se utilizan como si fueran fichas de casino.

El adolescente puede sentir que no está apostando dinero porque nunca entregó billetes ni utilizó efectivo.

Sin embargo, está arriesgando bienes digitales que poseen un valor económico y cuya pérdida puede generar exactamente las mismas emociones que una apuesta tradicional.

Para muchos padres esta realidad resulta completamente desconocida.

Los influencers también forman parte del escenario

Las nuevas generaciones no descubren estos sistemas leyendo publicidad.

Los conocen viendo transmisiones en directo, canales de video y creadores de contenido que muestran grandes premios, aperturas de cajas, apuestas deportivas o desafíos relacionados con el azar.

La influencia no siempre es explícita.

En muchas ocasiones basta con observar durante horas cómo otras personas celebran ganancias espectaculares para que determinadas conductas comiencen a parecer normales.

El problema es que rara vez se muestra la otra parte de la historia.

Las pérdidas.

Las frustraciones.

El dinero que desaparece lentamente.

Las personas que terminan desarrollando una adicción.

La espectacularidad vende mucho mejor que la realidad.

El primer síntoma no suele ser económico

Existe una idea equivocada según la cual el problema comienza cuando aparecen pérdidas importantes de dinero.

En adolescentes eso no siempre ocurre.

Las primeras señales suelen observarse en otros aspectos.

Una necesidad creciente de permanecer conectado.

Irritabilidad cuando no puede acceder al juego.

Mentiras sobre el tiempo que pasa frente a la pantalla.

Compras digitales difíciles de explicar.

Cambios en el rendimiento escolar.

Aislamiento progresivo.

No significan automáticamente que exista una ludopatía.

Pero sí pueden indicar que conviene prestar atención antes de que el problema evolucione.

Prohibir no siempre resuelve

La reacción inmediata de muchos padres consiste en retirar el teléfono, bloquear el videojuego o prohibir cualquier actividad relacionada.

Aunque esa decisión puede ser necesaria en determinadas circunstancias, difícilmente resuelva por sí sola el problema.

Los adolescentes viven en un entorno profundamente digital.

La cuestión ya no consiste únicamente en impedir el acceso.

Consiste en enseñar a reconocer cuándo una plataforma intenta mantener al usuario conectado mediante mecanismos diseñados para estimular la repetición constante de determinadas conductas.

La educación digital será cada vez más importante que la simple prohibición.

Los padres también necesitan aprender

Resulta injusto exigir que los padres detecten riesgos que muchas veces ni siquiera conocen.

La velocidad con la que evoluciona la tecnología hace que aparezcan nuevas aplicaciones, plataformas y modalidades de interacción prácticamente todos los meses.

Nadie nace preparado para comprender ese ecosistema.

Por eso resulta fundamental abandonar la idea de que el problema solo existe cuando aparece una apuesta deportiva o un casino online.

Las formas de introducir a una persona en la lógica del juego se han multiplicado y muchas de ellas se presentan bajo la apariencia de entretenimiento, competencia o simple diversión.

La mejor prevención comienza mucho antes de la primera apuesta

Cuando un adolescente llega por primera vez a una plataforma de apuestas, normalmente ya ha pasado años interactuando con sistemas que recompensan la repetición, alimentan la expectativa y convierten la incertidumbre en una fuente constante de emoción.

La verdadera prevención no empieza el día en que alguien apuesta dinero.

Empieza mucho antes, cuando padres e hijos aprenden a identificar que no todo lo que parece un juego inocente funciona realmente como tal.

En BetBye creemos que comprender esta nueva realidad es una de las tareas más importantes para las familias. No se trata de vivir con miedo ni de desconfiar de toda la tecnología, sino de aceptar que el mundo cambió y que las estrategias para proteger a nuestros hijos también deben cambiar.

Porque la próxima generación no necesariamente conocerá el juego entrando por la puerta de un casino.

Es mucho más probable que lo haga mientras sostiene un teléfono en la palma de la mano y nadie, a su alrededor, imagine siquiera que ese primer paso ya ha comenzado.

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